miércoles, 21 de enero de 2015

Un Ser Necesario



Voy a contarles una historia, mi historia, de la forma más personal posible. Tal vez yo no sea uno de esos seres, que ha viajado por todo el mundo, o que haya vivido esas extraordinarias aventuras a lo largo de sus perennes vidas. Tal vez no sea necesario, viajar por todo el mundo para ver la solemnidad de las personas, o quizá la majestuosidad de la naturaleza, que a propósito, está cada vez más disminuida y debilitada en muchos sentidos. De cualquier forma, si están esperando grandes viajes a través de los calurosos mares del caribe, en embarcaciones con piratas, o recorridos en grandes y lúgubres ciudades de otras épocas, que sólo dejan ver la miseria y desolación de la que formamos parte en algún momento de nuestra historia; pues dejen que les diga, que se equivocaron de veras de lectura. Esta historia, mi historia, como dije al principio, es más natural y tradicional.
Como todo ser vivo en este planeta, o en cualquier otro que albergue vida, tengo que contarles, donde y bajo qué circunstancias vine a este mundo, pues bien, sería de empezar por eso entonces. Nací y crecí en el campo rodeado de cuanta hermosa vegetación, animales silvestres y lindos paisajes que uno pudiera imaginarse, y actualmente me elevo hasta una señorial altura de unos veinte o treinta metros, o al menos eso dicen de mí los que viven cerca, y a menudo posan sus ojos sobre mi copa.
Para ser un solitario árbol, mi vida tiene muchas historias por contar, que en cierto modo, podrán parecer triviales o pasajeras, tal vez sin mayor importancia, dirán algunos, pero para mí, «tomando en cuenta que no puedo moverme a otro sitio» han formado parte de mi vida.
A lo largo de toda mi vida, he visto a muchos niños juguetear en mis ramas, muchos otros caerse y llorar por el dolor, reír casi sin aliento al sostenerse de mi tronco, a enamorados escribir en mi corteza, lo mucho que se amaban. El tiempo de un árbol puede ser muy largo o muy corto, todo depende de la utilidad que nos de él hombre.
El invierno se aproxima, y seré derribado para servir de leña para el fuego que habrá de abrigar el hogar más cercano. La naturaleza, con el tiempo, sólo ha servido a las necesidades de la humanidad, pero sería bueno pensar, cuando la humanidad va a ser necesaria para la naturaleza.

jueves, 16 de octubre de 2014

Charlie y la Torre del Reloj



En un pequeño pueblo a orillas del mar llamado Gresmort, vivía un pequeño niño de nueve años llamado Charlie, junto a sus dos hermanos pequeños y su padre. Charlie asistía a la escuela del pueblo como los demás niños de su edad, en las tardes salía al parque con su caja de madera a limpiar zapatos. No tenía más remedio ya que su padre era viudo y no le iba muy bien en el negocio de la pesca, además tenía que hacerse cargo de sus hermanos más pequeños.

Cierta tarde, cuando Charlie había salido al parque en busca de clientes, notó que había muchísima gente alborotada y reunida justo frente al parque, en este lugar se encontraba la vieja torre del reloj. Charlie de inmediato pensó que pudiera conseguir clientela, con toda esa gente allí reunida. Pero en lugar de eso, la gente le iba informando de lo sucedido.

Edward Preston, el viejo cuidador de la torre del reloj, había muerto. Todos estaban conmocionados y a la vez preocupados, ya que el anciano Preston, era la única persona encargada del mantenimiento del viejo reloj. Todos en el pueblo siempre igualaban sus relojes con la hora de la torre para hacer sus quehaceres,  desde el ayuntamiento, hasta la escuela, al igual que el papá de Charlie.

La preocupación de los pobladores de Gresmort, pasaba porque el viejo Edward Preston, aparentemente, no tenía ningún descendiente ni familiar cercano. Desde siempre un Preston estaba dedicado al cuidado y mantenimiento del viejo reloj, motivo por el cual la gente del pueblo estaba muy inquieta. Nadie más sabía sobre cómo dar cuerda, o realizar el mantenimiento necesario para que el viejo reloj siguiera funcionando.

En ese momento, Charlie sonrió, corrió hasta donde se encontraba el alcalde,  a ofrecerse como cuidador del reloj del pueblo. El alcalde y algunos de sus colaboradores no le prestaron demasiada atención al principio, pero el niño insistió y empezó a describirles el trabajo que había que realizar y el tiempo que requería cada una de esas tareas. Con más calma, el alcalde pidió al muchacho que le cuente donde había aprendido estas cosas, además de por qué no estaba su padre con él en ese momento.

Charlie le comentó al alcalde, que en su casa habían unos extraños libros, en los que se indicaba paso a paso, el mantenimiento y cuidado de cierto tipo de reloj de torre. Ni su padre había podido determinar el origen de esos libros en la casa, al parecer pertenecían a la esposa del pescador, que los había escondido, hasta que los niños pudieran leer.

En ese momento, el alcalde mandó llamar al padre de Charlie, que por esa hora debía estar en la cantina cerca del parque, el padre de Charlie acudió asustado al llamado del alcalde, y al ver al pequeño Charlie en ese lugar, se asustó y, de inmediato pensó en regañar al niño, pensando que pudiera haber hecho alguna travesura en el pueblo. El alcalde lo tranquilizó y de inmediato le preguntó quién era su esposa. El pescador, con una expresión de sorpresa en su rostro, le dijo su nombre y que ya había muerto hace unos tres años. El nombre le sorprendió al alcalde, y de inmediato les dijo a todos los presentes que salieran de la habitación, exceptuando a Charlie y su padre.

El alcalde era una persona mayor, y había conocido a la madre de Charlie, pero además había conocido al padre de esta, les explico que ella, al igual que él, había venido de un pueblo no muy lejos de Gresmort. La madre de Charlie, en ese momento, era una niña de unos ocho años, la migración de aquel pueblo se produjo por una extraña enfermedad, que no cabe mencionar en este momento. Varias personas iban en grupos familiares, y la madre de Charlie, había perdido a sus padres por esta extraña enfermedad, por lo que el alcalde la llevo junto con los suyos. Con el tiempo el viejo Preston, que era muy amigo del alcalde, la pidió en adopción, para dejarle como herencia, la tradición de cuidar y mantener el viejo reloj de la torre, pero con el tiempo la muchacha se hizo muy rebelde y decidió huir de la casa del viejo Preston.

Luego de algunos años, esta jovencita regresó, pero ya había cambiado su nombre, y ya nadie en el pueblo pudo reconocerla, excepto el viejo Preston, que la había cuidado muchos años, pero nunca fue capaz de decirle que vuelva a su lado. La madre de Charlie, conoció al que sería su esposo, el padre de Charlie, se casaron y tuvieron a los tres pequeños, hasta que una enfermedad mortal, termino con su vida.

El  viejo Edward Preston, que para entonces, había mandado redactar su testamento, con instrucciones que solo el alcalde conocía. El alcalde sabía exactamente de quien se trataba y, ahora que el viejo Preston muriera no podía ejercer la última voluntad del viejo cuidador.

El testamente era claro, la única persona que heredaría la cuantiosa fortuna del viejo cuidador del reloj, era la madre de Charlie. El alcalde mandó de inmediato que hicieran efectivo el testamento, a nombre de los tres pequeños, los cuales junto a su padre gozaron, desde entonces de una buena vida. Primero Charlie se dedicó a mantener el reloj, después de clases, luego su padre dejo su amargura y desdén por la vida, para convertirse en un buen padre.
          
          La vida a veces nos sonríe en los momentos menos sospechados, quizás no con una fortuna, tal vez no con una historia que nos haga famosos, pero si somos felices y hacemos feliz al resto, es suficiente. Todo lo demás es ganancia.

jueves, 7 de marzo de 2013

Casimiro No Me Mires

En un modesto vecindario, alejado del centro de la ciudad, vivía un señor de unos sesenta y cinco años de edad, su nombre era Casimiro, un hombre solitario que ya es encontraba retirado y por tanto, gozaba de mucho tiempo libre. Todo este tiempo libre lo ocupaba en observar a traves de su ventana, a todos los transeúntes y vecinos que por ahí pasaban.

Cierto día don Casimiro observó algo poco común, doña Carmen, su vecina de al lado, llegaba más temprano de lo común a su casa, esta vez parecía más apurada que de costumbre, a lo mejor se le olvidó algo importante, pensó don Casimiro, pero además de la premura de doña Carmen, llegaba acarreando una pequeña caja, del tamaño de una caja de zapatos, no parecía muy pesada, don Casimiro dedujo esto por la facilidad con la que doña Carmen la llevaba consigo. Anteriormente a ese día, doña Carmen y otros vecinos se habían reunido a conversar en lo incomodo que se sentían al ser observados por don Casimiro, les parecía un tanto molesto y se preguntaban si a más de una simple curiosidad, se trataba de algo más siniestro en la mente del extraño señor. Doña Carmen había entrado a su casa, la cual se encontraba vacía, ya que sus hijos estaban fuera por motivos escolares y su esposo, don Héctor, no había regresado de su trabajo, todo parecía indicar que doña Carmen solo se había adelantado a dejar algún presente para alguien de su familia, ya que estaban próximas las fiestas de Navidad.

Pero don Casimiro era un hombre muy curioso, subió de inmediato hasta su recamara, y de una caja bajo su cama, saco unos pequeños binoculares, con lo cuales alcanzó a divisar el interior de la casa de Doña Carmen, casi siempre que don Casimiro hacía esto era por simple curiosidad, a lo que el más bien llamaba seguridad, como para saber qué clase de vecinos tenía a su alrededor. Luego de una primera observación, el indiscreto don Casimiro, notó algo más extraño, la caja no contenía ningún regalo como el presumía, se trataba de algo con vida, algo se movía en su interior, rápidamente se puso nervioso, pero al mismo tiempo pensó que podía tratarse algún animal para mascota de sus hijos, la señora de casa abrió la caja con cierta normalidad y en lugar de sacar un gato o un conejo, sacó una peligrosa serpiente de color verde. De un salto y asustado, don Casimiro soltó los binoculares, se incorporó nuevamente para seguir observando pero no pudo ver nada.

Todo transcurrió normalmente el resto de la tarde y don Casimiro no tuvo el valor de volver a observar el interior de la casa de doña Carmen. En los días siguientes, don Casimiro notó que algo similar sucedía en las casas de los vecinos, al parecer todos los vecinos se habían empeñado en mostrar algo extraño o aterrador a los ojos del curioso don Casimiro. No era más que la manera que ellos habían preparado para evitar que don Casimiro dejara de observarlos, todos los vecinos se habían puesto de acuerdo para que cuando se sintieran espiados por el entremetido don Casimiro, le iban a mostrar algo estremecedor para los ojos de cualquiera, pero que en realidad no era más que una broma para que el fisgón de don Casimiro dejara de mirarlos. Y así sucedió.

Luego de varias semanas, casi no se sentía la presencia del observador, y las vidas de los vecinos transcurrieron con normalidad de ahí en adelante, eso sí, con el lema que mantenían entre ellos: “Casimiro no me mires”.