En un modesto vecindario, alejado del centro de la ciudad, vivía un señor de unos sesenta y cinco años de edad, su nombre era Casimiro, un hombre solitario que ya es encontraba retirado y por tanto, gozaba de mucho tiempo libre. Todo este tiempo libre lo ocupaba en observar a traves de su ventana, a todos los transeúntes y vecinos que por ahí pasaban.
Cierto día don Casimiro observó algo poco común, doña Carmen, su vecina de al lado, llegaba más temprano de lo común a su casa, esta vez parecía más apurada que de costumbre, a lo mejor se le olvidó algo importante, pensó don Casimiro, pero además de la premura de doña Carmen, llegaba acarreando una pequeña caja, del tamaño de una caja de zapatos, no parecía muy pesada, don Casimiro dedujo esto por la facilidad con la que doña Carmen la llevaba consigo. Anteriormente a ese día, doña Carmen y otros vecinos se habían reunido a conversar en lo incomodo que se sentían al ser observados por don Casimiro, les parecía un tanto molesto y se preguntaban si a más de una simple curiosidad, se trataba de algo más siniestro en la mente del extraño señor. Doña Carmen había entrado a su casa, la cual se encontraba vacía, ya que sus hijos estaban fuera por motivos escolares y su esposo, don Héctor, no había regresado de su trabajo, todo parecía indicar que doña Carmen solo se había adelantado a dejar algún presente para alguien de su familia, ya que estaban próximas las fiestas de Navidad.
Pero don Casimiro era un hombre muy curioso, subió de inmediato hasta su recamara, y de una caja bajo su cama, saco unos pequeños binoculares, con lo cuales alcanzó a divisar el interior de la casa de Doña Carmen, casi siempre que don Casimiro hacía esto era por simple curiosidad, a lo que el más bien llamaba seguridad, como para saber qué clase de vecinos tenía a su alrededor. Luego de una primera observación, el indiscreto don Casimiro, notó algo más extraño, la caja no contenía ningún regalo como el presumía, se trataba de algo con vida, algo se movía en su interior, rápidamente se puso nervioso, pero al mismo tiempo pensó que podía tratarse algún animal para mascota de sus hijos, la señora de casa abrió la caja con cierta normalidad y en lugar de sacar un gato o un conejo, sacó una peligrosa serpiente de color verde. De un salto y asustado, don Casimiro soltó los binoculares, se incorporó nuevamente para seguir observando pero no pudo ver nada.
Todo transcurrió normalmente el resto de la tarde y don Casimiro no tuvo el valor de volver a observar el interior de la casa de doña Carmen. En los días siguientes, don Casimiro notó que algo similar sucedía en las casas de los vecinos, al parecer todos los vecinos se habían empeñado en mostrar algo extraño o aterrador a los ojos del curioso don Casimiro. No era más que la manera que ellos habían preparado para evitar que don Casimiro dejara de observarlos, todos los vecinos se habían puesto de acuerdo para que cuando se sintieran espiados por el entremetido don Casimiro, le iban a mostrar algo estremecedor para los ojos de cualquiera, pero que en realidad no era más que una broma para que el fisgón de don Casimiro dejara de mirarlos. Y así sucedió.
Luego de varias semanas, casi no se sentía la presencia del observador, y las vidas de los vecinos transcurrieron con normalidad de ahí en adelante, eso sí, con el lema que mantenían entre ellos: “Casimiro no me mires”.
Cierto día don Casimiro observó algo poco común, doña Carmen, su vecina de al lado, llegaba más temprano de lo común a su casa, esta vez parecía más apurada que de costumbre, a lo mejor se le olvidó algo importante, pensó don Casimiro, pero además de la premura de doña Carmen, llegaba acarreando una pequeña caja, del tamaño de una caja de zapatos, no parecía muy pesada, don Casimiro dedujo esto por la facilidad con la que doña Carmen la llevaba consigo. Anteriormente a ese día, doña Carmen y otros vecinos se habían reunido a conversar en lo incomodo que se sentían al ser observados por don Casimiro, les parecía un tanto molesto y se preguntaban si a más de una simple curiosidad, se trataba de algo más siniestro en la mente del extraño señor. Doña Carmen había entrado a su casa, la cual se encontraba vacía, ya que sus hijos estaban fuera por motivos escolares y su esposo, don Héctor, no había regresado de su trabajo, todo parecía indicar que doña Carmen solo se había adelantado a dejar algún presente para alguien de su familia, ya que estaban próximas las fiestas de Navidad.
Pero don Casimiro era un hombre muy curioso, subió de inmediato hasta su recamara, y de una caja bajo su cama, saco unos pequeños binoculares, con lo cuales alcanzó a divisar el interior de la casa de Doña Carmen, casi siempre que don Casimiro hacía esto era por simple curiosidad, a lo que el más bien llamaba seguridad, como para saber qué clase de vecinos tenía a su alrededor. Luego de una primera observación, el indiscreto don Casimiro, notó algo más extraño, la caja no contenía ningún regalo como el presumía, se trataba de algo con vida, algo se movía en su interior, rápidamente se puso nervioso, pero al mismo tiempo pensó que podía tratarse algún animal para mascota de sus hijos, la señora de casa abrió la caja con cierta normalidad y en lugar de sacar un gato o un conejo, sacó una peligrosa serpiente de color verde. De un salto y asustado, don Casimiro soltó los binoculares, se incorporó nuevamente para seguir observando pero no pudo ver nada.
Todo transcurrió normalmente el resto de la tarde y don Casimiro no tuvo el valor de volver a observar el interior de la casa de doña Carmen. En los días siguientes, don Casimiro notó que algo similar sucedía en las casas de los vecinos, al parecer todos los vecinos se habían empeñado en mostrar algo extraño o aterrador a los ojos del curioso don Casimiro. No era más que la manera que ellos habían preparado para evitar que don Casimiro dejara de observarlos, todos los vecinos se habían puesto de acuerdo para que cuando se sintieran espiados por el entremetido don Casimiro, le iban a mostrar algo estremecedor para los ojos de cualquiera, pero que en realidad no era más que una broma para que el fisgón de don Casimiro dejara de mirarlos. Y así sucedió.
Luego de varias semanas, casi no se sentía la presencia del observador, y las vidas de los vecinos transcurrieron con normalidad de ahí en adelante, eso sí, con el lema que mantenían entre ellos: “Casimiro no me mires”.